El final.
Lola.
Descubrir que las cosas se acaban, que nada es infinito. Que la felicidad no perdura. Suspirar por la pérdida e intentar aguantar las lágrimas. Suspirar. Quizás otro día llegue otro momento parecido al vivido y llene el corazón de la misma forma que hasta ahora.
Lola.
Se acabó.
Mirar hacia atrás no ayuda a buscar el nuevo camino.
¿Dónde estás? ¿Te duele? A mí sí.
No puedo respirar. Necesito un solo día más. Uno solo, lleno de felicidad. ¿Dónde estás?
Lola.
A las 7 de la mañana suena tu voz a mi lado y me despiertas entre susurros. Sonrío y nos besamos. Sigues aquí. Un día más de felicidad.
Un día más.
jueves 2 de julio de 2009
lunes 22 de junio de 2009
Reaccionar
Reaccionar
1. intr. Dicho de un ser: Actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo.
Viernes por la mañana, es bien temprano aun, estamos en primavera y mis ganas de amarte se han acabado. Ya no quedan horas del día dedicadas a ti. No hay sentimientos. No existen palpitaciones en este corazón dedicadas a tu persona.
El martes de la semana anterior ya fui consciente de ello, pero quise darme unos días para planteármelo. Para asimilarlo. Fue el día que, al marcharte, me di cuenta que ya no había beso de despedida. ¿Cuándo fue el último beso antes de ir al trabajo? No pude recordarlo. Y lo siguiente que pensé es que realmente, me daba igual. Luego pensé, mientras preparaba mi café, en el hecho de que estaba preparando “mi” café. Ya no había “café para dos” ¿Cuándo dejamos de desayunar juntos? Los miércoles solíamos salir a pasear un par de horas y aprovechábamos para comprar la cena fuera, ¿recuerdas el último miércoles que lo hicimos? Yo tampoco.
Y solíamos despertarnos el uno al otro en mitad de la noche para decirnos algún “te quiero” o darnos un beso con esas palabras implícitas. Pero ya ni si quiera recuerdo la última vez que nos acostamos al mismo tiempo.
¿Qué sucedió con el té a media tarde los domingos? ¿Y las notas en el frigorífico cuando surgía alguna salida imprevista por parte de alguno de los dos? Creo que hace meses que no reponemos los post-it con forma de corazón que utilizábamos para eso.
Hace meses que no miro la hora cuando estás fuera, que no me preocupo por preparar cena para dos y guardar tu plato en el microondas si sé que vas a retrasarte. Es más, ya ni te preocupas en avisar de esos retrasos. Cuántos retrasos, por cierto. ¿Quizás hay otra? No me importa, en serio. Es más, si es así, me alegro. Quizás te diste cuenta de todo esto mucho antes que yo.
Es viernes y he decidido hacer la maleta. No deseo una discusión de compromiso, un intento de arreglar algo que hemos dejado que se marchite poco a poco. ¿Recuerdas lo que decía tu padre sobre su cuarto de los trastos? Si lleva meses olvidado ahí dentro, es que ya no nos es necesario. Nos ha ocurrido eso, ¿no crees? Guardamos nuestro amor en el cuarto de los trastos.
Llamé esta mañana para pedir el día libre y decir que había surgido un gran imprevisto en casa, que posiblemente el lunes tampoco fuera a trabajar. Creo que 4 días serán suficientes para recoger, buscar un sitio nuevo e instalarme. Cambiaré de teléfono, creo. Así nos ahorraremos estúpidos intentos de comunicación.
No sé si tú en algún momento te has planteado esta situación o simplemente te has dejado llevar pensando que no pasaba nada. Por mi parte he de decir que ya no hay nada.
Me alegro que los años a tu lado fueran tan sencillos de vivir. Y espero que seas feliz el resto de tu vida.
Siento dejarlo todo escrito en esta nota. Quizás no es la mejor forma. Pero hace tiempo que dejamos de tenernos en cuenta el uno al otro en cuestión de sentimientos.
Adiós.
1. intr. Dicho de un ser: Actuar por reacción de la actuación de otro, o por efecto de un estímulo.
Viernes por la mañana, es bien temprano aun, estamos en primavera y mis ganas de amarte se han acabado. Ya no quedan horas del día dedicadas a ti. No hay sentimientos. No existen palpitaciones en este corazón dedicadas a tu persona.
El martes de la semana anterior ya fui consciente de ello, pero quise darme unos días para planteármelo. Para asimilarlo. Fue el día que, al marcharte, me di cuenta que ya no había beso de despedida. ¿Cuándo fue el último beso antes de ir al trabajo? No pude recordarlo. Y lo siguiente que pensé es que realmente, me daba igual. Luego pensé, mientras preparaba mi café, en el hecho de que estaba preparando “mi” café. Ya no había “café para dos” ¿Cuándo dejamos de desayunar juntos? Los miércoles solíamos salir a pasear un par de horas y aprovechábamos para comprar la cena fuera, ¿recuerdas el último miércoles que lo hicimos? Yo tampoco.
Y solíamos despertarnos el uno al otro en mitad de la noche para decirnos algún “te quiero” o darnos un beso con esas palabras implícitas. Pero ya ni si quiera recuerdo la última vez que nos acostamos al mismo tiempo.
¿Qué sucedió con el té a media tarde los domingos? ¿Y las notas en el frigorífico cuando surgía alguna salida imprevista por parte de alguno de los dos? Creo que hace meses que no reponemos los post-it con forma de corazón que utilizábamos para eso.
Hace meses que no miro la hora cuando estás fuera, que no me preocupo por preparar cena para dos y guardar tu plato en el microondas si sé que vas a retrasarte. Es más, ya ni te preocupas en avisar de esos retrasos. Cuántos retrasos, por cierto. ¿Quizás hay otra? No me importa, en serio. Es más, si es así, me alegro. Quizás te diste cuenta de todo esto mucho antes que yo.
Es viernes y he decidido hacer la maleta. No deseo una discusión de compromiso, un intento de arreglar algo que hemos dejado que se marchite poco a poco. ¿Recuerdas lo que decía tu padre sobre su cuarto de los trastos? Si lleva meses olvidado ahí dentro, es que ya no nos es necesario. Nos ha ocurrido eso, ¿no crees? Guardamos nuestro amor en el cuarto de los trastos.
Llamé esta mañana para pedir el día libre y decir que había surgido un gran imprevisto en casa, que posiblemente el lunes tampoco fuera a trabajar. Creo que 4 días serán suficientes para recoger, buscar un sitio nuevo e instalarme. Cambiaré de teléfono, creo. Así nos ahorraremos estúpidos intentos de comunicación.
No sé si tú en algún momento te has planteado esta situación o simplemente te has dejado llevar pensando que no pasaba nada. Por mi parte he de decir que ya no hay nada.
Me alegro que los años a tu lado fueran tan sencillos de vivir. Y espero que seas feliz el resto de tu vida.
Siento dejarlo todo escrito en esta nota. Quizás no es la mejor forma. Pero hace tiempo que dejamos de tenernos en cuenta el uno al otro en cuestión de sentimientos.
Adiós.
martes 14 de abril de 2009
Por metiche y metomentodo
entremetido, da.
(Del part. de entremeter).
1. adj. Dicho de una persona: Que tiene costumbre de meterse donde no la llaman. U. t. c. s.
A Gloria la mataron por metiche metomentodo, por querer saber siempre qué pasaba a cada momento en la vida de los demás. Por provocar situaciones en las que a ella jamás le habría gustado que la metiesen. La mataron por creerse diva y diosa de su pequeño mundo. La mataron porque no siempre sabe la gente como ella con quién está jugando en realidad.
A Gloria le cortaron la lengua. Y cuando se desmayó la apuñalaron.
Su asesina mostró su cara antes de hacerlo todo. Y le susurró al oído: los actos de uno, siempre tienen consecuencias. Y Gloria lloró y suplicó. Porque sabía lo que había hecho y sabía que estaba mal. La promesa llorosa de no volver a meterse donde no la llamaban no ablandó el corazón de su asesina.
La gente como tú es siempre así, pequeña divina.
A Gloria la mataron, repito, por metiche y metomentodo.
Y es lo que hay.
.
viernes 3 de abril de 2009
Siempre
Nuestra relación nunca fue más allá de un polvo ocasional algún que otro fin de semana. Si coincidíamos en el pub de siempre acabábamos bailando demasiado pegados el uno al otro aunque las canciones no quedasen bien con nuestra danza de apareamiento. Yo siempre acababa contra la pared, o contra el futbolín que había al fondo. Cuando el ambiente se caldeaba demasiado por culpa de nuestra pasión desaforada, a parte de por las miradas viciosas de algún que otro borracho, subíamos al 6º piso de su edificio en aquella calle atestada de gente los fines de semana. En el ascensor alguno de los dos perdía alguna prenda, siempre; en esos instantes de niebla alcohólica lujuriosa a uno le da igual que sean las 10 de la noche como las 5 de la madrugada, lo importante es que el espacio reducido y el tiempo que dura la subida a un 6º dejan que uno desate su fantasía pervertida y exhibicionista. Si sus compañeros de piso estaban ese fin de semana pasábamos a su habitación directamente y allí le dejaba hacer conmigo lo que quisiera. Cuando bebía no sabía manejar muy bien la situación y me abandonaba al placer que proporcionaba su lengua llena de ron y sus manos besadas por la nicotina una y otra vez. Si el piso estaba vacío nos quedábamos en el salón, con la ventana abierta y llenando cada silencio nocturno con un gemido o un grito de placer.
Por la mañana todo era igual. Siempre.
Yo procuraba despertarme antes que él y me vestía rápido. Atracaba su frigorífico en busca de un poco de zumo o algo que me devolviera a la vida. Siempre salía antes de las 8 a.m. Siempre. Jamás me permití amanecer entre sus brazos, todo habría perdido el sentido y nos habríamos convertido en algo muy distinto a lo que nos permitíamos ser, ambos.
Tres fines de semana después del último polvo me di cuenta de que ya no aparecería más. Al salir del pub de siempre, el primero de la noche (siempre) lo vi cogido de la mano de una pelirroja y no me miró a los ojos. Pero lo vi sonreir.
A veces las no rupturas también duelen, pero menos tiempo. A mí me duró el dolor un par de cervezas y una vuelta en taxi a casa.
Por la mañana todo era igual. Siempre.
Yo procuraba despertarme antes que él y me vestía rápido. Atracaba su frigorífico en busca de un poco de zumo o algo que me devolviera a la vida. Siempre salía antes de las 8 a.m. Siempre. Jamás me permití amanecer entre sus brazos, todo habría perdido el sentido y nos habríamos convertido en algo muy distinto a lo que nos permitíamos ser, ambos.
Tres fines de semana después del último polvo me di cuenta de que ya no aparecería más. Al salir del pub de siempre, el primero de la noche (siempre) lo vi cogido de la mano de una pelirroja y no me miró a los ojos. Pero lo vi sonreir.
A veces las no rupturas también duelen, pero menos tiempo. A mí me duró el dolor un par de cervezas y una vuelta en taxi a casa.
lunes 2 de febrero de 2009
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(Del lat. compartīri)
1. tr. Repartir, dividir, distribuir algo en partes.
2. tr. Participar en algo.
Tiene la extraña sensación de haberlo visto antes, de conocerlo, de haber compartido con él más que un cruce de miradas en mitad de esa calle abarrotada. Por eso se ha vuelto mientras caminaba, y ahora ha decidido pararse en mitad de la acera, con el sol de principios de verano castigando su piel y su cabeza bullendo con tanto pensamiento. Lo sigue con la mirada y lo ve andar calle arriba. Pero intuye que, de alguna forma, él sabe que lo está mirando. Por eso no le sorprende ver como él se para al llegar a la puerta de un Zara cualquiera, de cualquier ciudad, y se vuelve para mirarla directamente.
Y ahora siente sus labios contra los suyos. Sus manos recorriendo su espalda, las caricias de dos amantes entregados por completo, sus bocas buscando el trozo de piel más sensible, los susurros en mitad de la noche, los gemidos de placer. Y lo escucha susurrar su nombre. Y a sí misma susurrar el de él cuando el clímax invade los dos cuerpos.
La gente pasa alrededor, el sol sigue quemando su piel y el murmullo de un instituto cercano se suma a la banda sonora de la calle repleta de coches, a una hora en la que el mundo no puede pararse con ella. Siguen mirándose. Solo fue un sueño, piensa ella.
Pero quizás a veces lo sueños se comparten.
Decide darse la vuelta y seguir hacia su destino dejando atrás las brumas de un sueño.
.
(Del lat. compartīri)
1. tr. Repartir, dividir, distribuir algo en partes.
2. tr. Participar en algo.
Tiene la extraña sensación de haberlo visto antes, de conocerlo, de haber compartido con él más que un cruce de miradas en mitad de esa calle abarrotada. Por eso se ha vuelto mientras caminaba, y ahora ha decidido pararse en mitad de la acera, con el sol de principios de verano castigando su piel y su cabeza bullendo con tanto pensamiento. Lo sigue con la mirada y lo ve andar calle arriba. Pero intuye que, de alguna forma, él sabe que lo está mirando. Por eso no le sorprende ver como él se para al llegar a la puerta de un Zara cualquiera, de cualquier ciudad, y se vuelve para mirarla directamente.
Y ahora siente sus labios contra los suyos. Sus manos recorriendo su espalda, las caricias de dos amantes entregados por completo, sus bocas buscando el trozo de piel más sensible, los susurros en mitad de la noche, los gemidos de placer. Y lo escucha susurrar su nombre. Y a sí misma susurrar el de él cuando el clímax invade los dos cuerpos.
La gente pasa alrededor, el sol sigue quemando su piel y el murmullo de un instituto cercano se suma a la banda sonora de la calle repleta de coches, a una hora en la que el mundo no puede pararse con ella. Siguen mirándose. Solo fue un sueño, piensa ella.
Pero quizás a veces lo sueños se comparten.
Decide darse la vuelta y seguir hacia su destino dejando atrás las brumas de un sueño.
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miércoles 14 de enero de 2009
Recuerdo
Comprobar que tus noticias aún revuelven el estómago y lo comprimen me hace dudar de que la recuperación absoluta llegue algún día.
Al menos ya no hay rabia.
Ni llanto.
Ni ganas de romper paredes y destrozar tu vida como tú hiciste con la mía, como yo deje que hicieras.
Pero mientras siga habiendo palabras, no creo que te haya olvidado del todo.
De todas formas, dejaré que sigas ahí, que no te vayas, porque cada punzada de dolor ante una noticia tuya, sirve para mantener vivo el recuerdo de que el amor puede doler. Y que ese dolor quema por dentro y destruye ilusiones y sonrisas.
Ya nunca voy a sonreir igual, por tu culpa. Por mi culpa. Por haber vivido nuestra historia.
Pero agradezco cada experiencia vivida. Y esto no iba a ser menos.
.
Al menos ya no hay rabia.
Ni llanto.
Ni ganas de romper paredes y destrozar tu vida como tú hiciste con la mía, como yo deje que hicieras.
Pero mientras siga habiendo palabras, no creo que te haya olvidado del todo.
De todas formas, dejaré que sigas ahí, que no te vayas, porque cada punzada de dolor ante una noticia tuya, sirve para mantener vivo el recuerdo de que el amor puede doler. Y que ese dolor quema por dentro y destruye ilusiones y sonrisas.
Ya nunca voy a sonreir igual, por tu culpa. Por mi culpa. Por haber vivido nuestra historia.
Pero agradezco cada experiencia vivida. Y esto no iba a ser menos.
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martes 13 de enero de 2009
Remordimiento
Contuvo la respiración justo antes de decidirse a decirle: Creo que me acabo de enganchar de ti.
Enganchar siempre le pareció una palabra horrible, pero no se había enamorado, así que era absurdo mentir. Siempre le gustó la sinceridad. El enganche era distinto. Sabía que lo necesitaba a ratos, no siempre y sabía que cuando apareciese cualquier otro, podría pasar de él. Solo bastaba mantenerse en ese estado, no subir ningún escalón.
No esperó respuesta, se acercó a él y lo besó en la mejilla. Lo siento, le dijo, pero creo que realmente me he enganchado.
Él la miró. Reflejo de una certeza que aún no había asimilado. Le tocó el pelo y la acercó a su cuerpo.
- ¿Me has escuchado?
- Por supuesto.
Lo siguiente fue un beso, pero estaba vez lo dio él y en los labios.
Al menos podré decir que yo nunca comencé, pensó ella. Siempre buscando coartadas para presentarlas ante un jurado. Mi beso fue en la mejilla, señoría. Igual de casto que el de un colegial a su madre, o un cura a una feligresa.
Cuando notó como la mano de él correteaba por su espalda buscando el final de la camisa, fue cuando tuvo la certeza de que aquella noche por fin, después de demasiado tiempo, no iba a dormir sola y de que, quizás, nunca debió abrir la boca.
S
E
X
O
Gritaron todos los poros de su piel.
El remordimiento por lo ocurrido vino después.
.
Enganchar siempre le pareció una palabra horrible, pero no se había enamorado, así que era absurdo mentir. Siempre le gustó la sinceridad. El enganche era distinto. Sabía que lo necesitaba a ratos, no siempre y sabía que cuando apareciese cualquier otro, podría pasar de él. Solo bastaba mantenerse en ese estado, no subir ningún escalón.
No esperó respuesta, se acercó a él y lo besó en la mejilla. Lo siento, le dijo, pero creo que realmente me he enganchado.
Él la miró. Reflejo de una certeza que aún no había asimilado. Le tocó el pelo y la acercó a su cuerpo.
- ¿Me has escuchado?
- Por supuesto.
Lo siguiente fue un beso, pero estaba vez lo dio él y en los labios.
Al menos podré decir que yo nunca comencé, pensó ella. Siempre buscando coartadas para presentarlas ante un jurado. Mi beso fue en la mejilla, señoría. Igual de casto que el de un colegial a su madre, o un cura a una feligresa.
Cuando notó como la mano de él correteaba por su espalda buscando el final de la camisa, fue cuando tuvo la certeza de que aquella noche por fin, después de demasiado tiempo, no iba a dormir sola y de que, quizás, nunca debió abrir la boca.
S
E
X
O
Gritaron todos los poros de su piel.
El remordimiento por lo ocurrido vino después.
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